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Panamá - Diciembre 15, 2011

Homilía de la Cita Eucaristica de Panamá

8 Junio 2010. Registrado en: Reflexiones

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CEP.- Publicamos el texto de la XL Cita Eucarística celebrada el día domingo 6 de junio en la Arena Roberto Durén y presidida por Su Excelencia Reverendísima Monseñor José Domingo ulloa Mendienta, O. S. A., Arzobispo Metropolitano HOMILIA DE LA XL CITA EUCARISTA

MONSEÑOR JOSE DOMINGO ULLOA, ARZOBISPO DE PANAMA

“LA EUCARISTIA CONSTRUCTORA DE PAZ”

Domingo 6 de junio de 2010

Queridos hermanas y hermanos:

Hoy celebramos la fiesta del CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO, donde Jesús hecho Eucaristía no es simplemente un alimento físico, sino que es algo más. Es la fuerza que nos hace vivir, como diría San Pablo, como un solo cuerpo.

Cuando “comulgamos” participamos de la “común-unión”, en un doble sentido: Por un lado, entramos en comunión con Dios, con Jesucristo, que ha entregado su vida por nuestra salvación. Y por otro, generamos entre nosotros vínculos de comunión, lazos de fraternidad, ya que nos une una misma fe, un mismo alimento, un mismo Dios-Padre que nos hace hermanos, más allá de los lazos de la sangre.

Esta “comunión”, llevada a nuestra vida de cada día, hace crecer una “humanidad nueva”. Esto no es otra cosa que un estilo de vida que los cristianos queremos hacer presente en nuestros ambientes; un estilo que consiste en desechar, de entre nosotros, todas las diferencias que destruyen la igualdad y la justicia.

Una comunión que se convierte en respeto, cercanía, comprensión, misericordia, fe, ilusión, alegría, esperanza, amor, fraternidad… Estos valores, llevados a nuestra vida de cada día y puestos en práctica con todas las personas, nuestros hermanos y hermanas, harán posible la “nueva humanidad de la comunión”.

I. EN LOS 40 AÑOS DE LA CITA EUCARÍSTICA

Desde esta perspectiva nos congregamos para celebrar la Cuadragésima Cita Eucarística, evento eclesial que durante 23 años fue presidida por su gestor -el muy querido Mons. Marcos Gregorio McGrath; acompañado por un grupo de laicos, muchos de ellos aquí presentes; y fortalecida durante 16 años por Mons. José Dimas Cedeño Delgado.

Desde la primera Cita Eucarística hasta la actualidad, se ha querido buscar una forma más actualizada de celebrar a nivel de todas las parroquias de la Arquidiócesis, la antigua Fiesta del Corpus Christi (el Cuerpo y la Sangre del Señor), que se ha convertido en una costumbre litúrgica, en una institución de nuestra Iglesia.

Quiero reiterar lo que dije en mi homilía de toma de posesión como Arzobispo: “Al recorrer la historia de nuestro caminar como Iglesia Arquidiocesana, es obligante agradecer al Señor lo que somos como Iglesia y a todos los que con su entrega y sufrimiento, han abonado esta querida tierra panameña”.

Deseo expresar mi agradecimiento a todos ustedes, un pueblo de Dios que con entusiasmo y fe ha participado consecutivamente en estos 40 años. Gracias a las distintas personas y entidades gubernamentales y sociales que año tras año, garantizan la realización de esta Cita Eucarística.

Gracias a las distintas administraciones del entonces Gimnasio Nuevo Panamá y ahora de la Arena “Roberto Durán”, por las facilidades que siempre nos han brindado. Gracias a los Medios de Comunicación que anuncian la Cita y luego la transmiten como el gran acto de fe, que realmente es.

Al clero, a los religiosos y religiosas, a las parroquias y a los movimientos de Iglesia, más que decirles una palabra de agradecimiento, los invito a que conmigo agradezcamos al Señor que nos ha reunido durante estas cuatro décadas y ahora en esta Cita Eucarística, que por primera vez presido como Arzobispo.

Al irse instituyendo como un momento cumbre de nuestro calendario religioso, la Cita Eucarística se ha ido relacionando cada año al quehacer de la Iglesia y la sociedad; sus lemas se han convertido en mensajes y orientaciones que animan al Pueblo de Dios.

Durante estos cuarenta años, podemos recordar circunstancias muy concretas de la vida nacional. En 1971 “Todo hombre es mi hermano; en 1976 “Cristiano la Iglesia eres tú, Si quieres la paz defiende la vida”. En 1990, recién pasada la invasión, cuando nuestros corazones y las miradas de los panameños reflejaban dolor y expectativas, nuestro lema fue “Caminamos y compartimos en Esperanza”; a fin de superar las dificultades que se nos presentaron en la tarea de reconciliación y reconstrucción del país. Y en este año 2010, cuando nos vemos sumidos en una ola de violencia e inseguridad, reconocemos que desde nuestra fe la Eucaristía construye la Paz…

No hay duda de que las condiciones para establecer una paz verdadera son la restauración de la justicia, la reconciliación y el perdón. De esta toma de conciencia nace la voluntad de transformar también las estructuras injustas para restablecer el respeto de la dignidad del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. «En efecto, quien participa en la Eucaristía ha de empeñarse en construir la paz en nuestro mundo…». (Propositio 48245 Sínodo sobre la Eucaristía).

Por consiguiente, nuestras comunidades cuando celebran la Eucaristía, han de ser cada vez más conscientes de que el sacrificio de Cristo es para todos y que, por eso, la Eucaristía impulsa a todo el que cree en Él ha hacerse «pan partido». Pensando en la multiplicación de los panes y los peces, hemos de reconocer que Cristo sigue exhortando también hoy a sus discípulos a comprometerse en primera persona: «denle ustedes de comer» (Mt 14,16). En verdad, la vocación de cada uno de nosotros consiste en ser, junto con Jesús, pan partido para la vida del mundo.

II. IMPORTANCIA DEL DÍA DEL SEÑOR

En su Carta apostólica sobre la santificación del domingo, Su Santidad Juan Pablo II recuerda que el día de la resurrección de Cristo es el domingo. Donde se celebra la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, donde evocamos agradecidos el primer día del mundo y a la vez la prefiguración, en la esperanza activa, del «último día», cuando Cristo vendrá en su gloria (cf. Hch 1,11; 1 Ts 4,13-17) y «hará un mundo nuevo» (cf. Ap 21,5).

En la actualidad, el domingo se ha convertido en un grave problema, no sólo en los planos religioso y pastoral, sino también en lo cultural, social, político y económico. Cuando se intenta realizar una aproximación a este tema, no entran en causa solamente la vivencia de la fe y el compromiso propiamente pastoral, sino toda la complejidad del tejido social.

En consecuencia, no solamente para los cristianos sino para todos los hombres y mujeres, respetar el domingo como día de descanso tiene una gran importancia y significado. Y este reconocimiento no debe ser meramente formal, sino real, posibilitando el descanso dominical para todos los trabajadores, salvo casos de necesidad grave o de una gran utilidad social. La dignidad del hombre y mujer está en juego, si no quiere ser, también en esto, víctima de los intereses económicos.

Por eso, si en toda época de la historia ha sido necesaria la alternancia entre trabajo y descanso, esa alternancia se hace más urgente hoy, cuando “la ciencia y la técnica han extendido increíblemente el poder que el hombre ejerce por medio de su trabajo” (Dies Domini, 65).

Por todo ello, los cristianos no podemos renunciar al sentido cristiano del domingo. No podemos paganizarlo ni desvirtuarlo. Para vivir el domingo en plenitud la Iglesia nos llama a la participación en la eucaristía dominical, a vestir el traje de la fiesta, a compartir la mesa de la familia y de los amigos y a abrir nuestro corazón, nuestro tiempo y nuestros recursos, también en el domingo, a los enfermos, a los pobres y a los necesitados. Viviendo así el domingo anunciamos la muerte del Señor, proclamamos su resurrección y anticipamos su segunda y gloriosa venida que nos traerá el domingo sin ocaso.

III. LA EUCARISTIA EN LA VIDA

Reiteramos que la Iglesia Católica no es un sujeto político, pero si un sujeto social, cuya misión le exige no perder su independencia ni autoridad moral para abogar a favor de los pobres. Nuestra tarea es formar conciencias, defender la justicia, la verdad y educar en la dignidad individual y política. Y es por ello que animamos a los fieles laicos católicos que asuman su responsabilidad en la vida pública.

A todos nos preocupa la situación del país. Como Pastor, estoy cada vez más convencido que este país, de acuerdo a los índices de crecimiento económico, merece que su población goce de servicios de salud, educación y alimentación de primer mundo; con trabajos decentes para hombres y mujeres; y esto es posible con políticas de Estado con una visión de desarrollo humano y sostenible.

Como Arzobispo soy consciente de la urgente necesidad de fortalecer las instituciones sociales y políticas para suscitar consensos nacionales en todo lo que sea vital para el bien común de la nación.

Durante mi corta gestión como Arzobispo me ha llamado la atención un sinnúmero de personas que se nos han acercado y nos solicitan que mediemos en sus demandas con las autoridades. Muchas de esas demandas lo único que requieren es que se cumpla con lo que establecen nuestras leyes.

Esto manifiesta una débil institucionalidad, que nos desafía a todos, gobernantes y gobernados; y que será fortalecida cuando todos y todas dejemos de ser habitantes y nos convertirnos en ciudadanos responsables.

El habitante hace uso de la Nación, busca beneficios y sólo exige derechos. El ciudadano construye la Nación, porque además de exigir sus derechos, cumple sus deberes, supera la actitud egoísta de indiferencia y se compromete activamente en la vida ciudadana buscando transformar los aspectos negativos de nuestra sociedad que nos afectan.

Nos acercamos a esta realidad con ojos y corazón de pastores, no lo hacemos como expertos, ni como científicos o técnicos, no es esa nuestra competencia. Lo hacemos como intérpretes y confidentes de los anhelos de muchas personas, especialmente de las más pobres y de las que sufren.

En los últimos días hemos participado en esfuerzos de grupos organizados que trabajan para reducir la violencia en nuestro país. Muchos de buena fe extrañados por nuestra presencia en estos espacios, me han comentado: ¡Cuídese! Solo les recuerdo lo expresado en la homilía de mi toma de posesión canónica: “Tengan la certeza no sólo de nuestra comprensión, sino de nuestro compromiso de colaborar en todo lo que sea posible para fortalecer una cultura de la paz como camino para combatir la violencia”.

Con la MARCHA POR LA PAZ, el pueblo panameño demostró públicamente sin distingo de ninguna clase su disposición a contribuir en la construcción de la paz que todos anhelamos y a presentar propuestas concretas que contribuyan a establecer los mecanismos para logarlo. Este ha sido el testimonio más hermoso de la conversión de un pueblo dispuesto a hacer a un lado sus diferencias políticas, religiosas, étnicas, entre otras, para expresar su deseo de paz.

En torno al Cristo Eucarístico quiero hacer un llamado a todos: Para caminar confiados hacia el futuro, Panamá necesita de hombres y mujeres revestidos de amor. Solo el amor cuenta. Sólo el amor construye. Sólo el amor hace todas las cosas nuevas. Aprendamos a querernos entre nosotros mismos, aprendamos a respetarnos más. Somos una familia, tenemos una patria común. AMENSE LOS UNOS A LOS OTROS, NOS MANDA JESÚS. Sólo el amor real y efectivo nos hará capaces de derribar muros que persisten en dividirnos, buscando y promoviendo lo que nos une.

En este punto deseo hacer dos solicitudes:

a. Una particularmente a la Pastoral Juvenil, para que se continúe desarrollando estrategias para enriquecer la identidad personal y social de los jóvenes con valores y virtudes que les permitan superar las tentaciones de la droga, de la vivencia irresponsable de su sexualidad, del alcohol y de todas las formas de violencia. A los que han caído, engañados en estas y otras formas de esclavitud moral, no podemos vacilar en rescatarlos, sin estigmatizarlos ni criminalizarlos sin razón. Los jóvenes son las principales víctimas de la violencia y debemos hacer un alto a los mensajes que refuerzan su criminalización.

b. A todos los fieles laicos los exhorto a que impulsemos la reconciliación social entre sectores y fortalezcamos la capacidad de diálogo: Reconociendo que la reconciliación social no consiste en enfrentar la historia como si nada de lo acontecido hubiera pasado; es un proceso por el que las partes que viven situaciones de confrontación deponen una forma de relación destructiva y sin salida, y asumen una forma constructiva de reparar el pasado, edificar el presente y preparar el futuro.

Reparar el pasado no es olvidarlo, sino recordarlo de otra manera. Edificar el presente es aceptar, mental y vitalmente, que nunca más debemos llegar a una confrontación destructiva. Preparar el futuro es adoptar las actitudes y los medios que impidan el retorno a conductas violentas del pasado. En pocas palabras es reconocernos como semejantes y aceptarnos como diferentes.

La reconciliación social tiene vínculos estrechos con la verdad. Para los cristianos, el perdón pertenece a la entraña del mensaje de Jesús y al núcleo de la imagen y experiencia que Él tiene de Dios-Padre, misericordioso con los que sufren y con los pecadores. Al perdonar en la Cruz a sus verdugos, Jesús rompió el círculo perverso que pesaba sobre la humanidad: Agravio por agravio, insulto por insulto, crimen por crimen. Los creyentes sabemos que con su fuerza podemos tener la generosidad de perdonar y la humildad de pedir perdón.

Hermanos y hermanas: La voluntad política y social para solucionar los problemas del país, requieren una conversión desde lo más profundo del corazón, pues solo cuando tengamos una amplia voluntad política y social para afrontar las graves cuestiones que como desafíos tiene la nación, vendrán soluciones que sean humanas y dignas, las cuales por ser el resultado de consultas, esfuerzos y trabajos mancomunados, tendrán un amplio apoyo social.

IV. REAPERTURA DEL SEMINARIO MAYOR SAN JOSÉ

También la Iglesia Panameña siente un gozo enorme en este año al conmemorar los 40 años de la reapertura del Seminario Mayor San José, que ha coincidido con el Año Sacerdotal.

El anhelo de contar con un clero nativo se concretizó en forma más estable y permanente con la reapertura de esta casa de formación sacerdotal, donde muchos de nosotros nos fraguamos como pastores.

La presencia aquí de muchos egresados del Seminario Mayor San José y de miembros del Comité de la Cena de Pan y Vino y de la Universidad Católica ofrece a esta celebración un profundo significado. Invito a los sacerdotes egresados del Seminario Mayor San José a ponerse de pie; y a ustedes, aquí presentes, los invito a darles un fuerte aplauso. Nosotros somos frutos del don de Dios y de las oraciones de ustedes para que el Señor mande obreros a su mies.

V. LA GRANDEZA DEL MINISTERIO SACERDOTAL

¡Qué gran oportunidad tenemos para celebrar en esta Cita eucarística la grandeza del ministerio sacerdotal! Celebrar que el sacerdote ha de ser siempre un referente y modelo de fe, testigo de la misericordia de Dios, hombre que se fía de Dios, que no solo cree en Dios sino que cree lo que Dios le revela.

En este contexto, viene a nuestra memoria la figura del P. Héctor Gallego, sacerdote que supo dar la vida por sus ovejas: “No hay amor más grande que éste: dar la vida por sus amigos”. (Juan 15, 13). Su testimonio de entrega debe animar la misión pastoral de la Iglesia. El próximo 9 de junio estaremos conmemorando otro año de su desaparición física, hecho ocurrido en Santa Fe de Veraguas en 1971. Héctor Gallego, sacerdote, evangelizador, sigue hablando a la Iglesia de Panamá. “Los pobres son evangelizados”.

Para la historia panameña, Héctor Gallego tiene también un hondo sentido. Su nombre sigue significando grito de angustia y de clamor de justicia. Su nombre seguirá siendo aguijón que remuerde las conciencias, mientras no se le haga justicia.

Y exigir justicia en el caso Gallego es llevar a fondo la investigación de su desaparición. Es establecer su muerte. Es investigar el hecho delictivo. Será deslindar responsabilidades. Un poco de buena voluntad y de hacer memoria, aclararían el misterio en la que se ha visto todo lo relacionado con Héctor.

Aunque hemos de reconocer los esfuerzos por que se conozca la verdad en torno al caso Gallego y otros casos, esto no es suficiente. “HACE FALTA SABER LA VERDAD, TODA LA VERDAD”.

Héctor Gallego es un remordimiento de conciencia en todos los panameños. No lo vamos a olvidar. No lo podemos olvidar. Como signo de esto hacemos un momento de silencio.

VI. LA CAMPAÑA DE PROMOCIÓN ARQUIDIOCESANA

Igualmente celebramos que hace 35 años, en 1975, se realizó por primera vez la Campaña de Promoción Arquidiocesana, que con los años fue tomando forma en un concentrado esfuerzo de Evangelización que tenemos que recuperar: Evangelización, Misión, que ha sido el eje de la renovación de la Iglesia, a partir del Concilio Vaticano II. El retorno al Evangelio, como fue recibido y vivido en la Iglesia de los Apóstoles, y luego su proyección a nuestro tiempo y nuestro lugar.

“Recuerda cristiano la Iglesia eres tú…”. “Ese ha sido el gran aporte de la Campaña de Promoción Arquidiocesana, llevarnos a sentirnos Iglesia y ser corresponsables con su tarea evangelizadora y para realizar esto es necesario también nuestro aporte económico.

VII. ARRODILLARSE EN ADORACIÓN ANTE EL SEÑOR

Finalmente, queridos hermanos y hermanas: La Eucaristía es el sacramento del Dios que no nos deja solos en el camino, sino que se pone a nuestro lado y nos indica la dirección.

Frente a la realidad que vivimos no olvidemos un elemento constitutivo del Corpus Christi: Arrodillarse en adoración ante el Señor. Y arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: Quien se inclina ante Jesús, no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea. Nosotros, los cristianos, sólo nos arrodillamos ante el Santísimo Sacramento, porque en Él sabemos y creemos que está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado hasta el punto de entregar a su unigénito Hijo (Cf. Juan 3, 16).

Nos postramos ante un Dios que se ha bajado en primer lugar hacia el hombre, como el Buen Samaritano, para socorrerle y volverle a dar la vida, y se ha arrodillado ante nosotros para lavar nuestros pies sucios. Adorar el Cuerpo de Cristo quiere decir creer que allí, en ese pedazo de pan, se encuentra realmente Cristo, quien da verdaderamente sentido a la vida.

Nuevamente queremos agradecer a nuestros sacerdotes la celebración diaria y dominical de la Eucaristía, así como la dedicación para que los fieles puedan reconciliarse con Dios. Queremos agradecer también por todas las parroquias de nuestra Arquidiócesis en las que se adora a Jesús permanentemente, invitando a hacerlo siempre con renovado fervor. Como el discípulo predilecto, que estaba junto a Jesús en la última Cena, hoy queremos poder contemplar el amor infinito de su corazón, y llegar también al manantial mismo de su gracia.

Santa María La Antigua, que nos acompañas en cada Eucaristía, por ser la Madre del Señor y de la Iglesia, enséñanos a adorar a tu Divino Hijo, a quien siempre podemos recurrir confiados, porque está vivo en medio de nosotros. Amén.

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